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Mirar

Una mano sobre otra, acordes y juntitas van cantando por la calle de los soleares. El rojo carmesí del clavel en flor invade la zona y el olor a pastel de menta endulza tan solo una pizca, las narices de los transeúntes. Yo mientras tanto, permanezco sentada en un banco marrón que hay en mitad de la calle junto a un pequeño jardín, dentro de este hay un perro con el tamaño de un caballo que se está comiendo las florecillas. Tarde de octubre soleada y ¡otra vez están! aquí, las caritas sonrientes, tristes, ocupadas, ansiosas, intransigentes…. Las examino al tiempo que pasan, hoy no me sale ninguna historia que inventar sobre ellas, las veo todas diferentes pero muy iguales, pero si resalto los gestos de las manos de los dueños de esas caras. Manos frías y  rápidas, vuelan y se enderezan al pasar del viento. Manos también calidas, profundas que agarran con un abrazo a otras, como si fueran sus protegidas. No me basta con esas dos categorías, pues miro mi mano, que no es fría ni cálida, que ahora ya ni sostiene ni quiere sostener, que es pequeña, huesuda, sufrida pero indefensa. Mi tercera categoría es la de manos que esperan a que la vida las sorprendan.

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