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Maletas

Fotografía // Emil Lens

Flota la brisa pesada del aire de verano en mi balcón. El cielo ha cambiado de color y los helados ya no se derriten tan rápido. En la calle ancha, apenas queda un rastro ya de esos coches forasteros de mil matriculas de colores que envuelven la carretera con ansia. Paz y silencio, ahora se puede oír el replique de las campanas anunciando la misa de las doce y el vuelo agitado de las palomas que giran y giran sobre sí mismas. Caras miles, de diferentes colores, bocas sonrosadas con perfume de azucenas en flor y acentos del más allá, de lejos del mar. Niñas con sandalias blancas lucían con gracia esos vestiditos floreados que sostenían sus pequeños hombros. La playa enmudece y los guijarros empiezan a rodar perdidos y con desilusión se acuestan en la orilla esperando que otras manos y pies vuelvan a jugar con ellos. Ya se van, se nos van los «veraneantes» y las terrazas cierran dejando olor a ginebra. Hasta el año que viene…

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